Vuelta al Sol, un poema de Nicolas Linares
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| Foto por Rosalba Henao |
He apostado a los
chances del balance para siempre.
Es
el objetivo,
me digo como apuntando
a dar muerte,
y en tal caso soy o seré
el arma empuñada
por el pensamiento.
¡PUM!
Me he dicho en múltiples
ocasiones:
“conserva la calma
Nico, no desesperes”;
la realidad:
¿Qué es más difícil de
conservar en este mundo sino la calma?
Tan escasa y volátil,
que si se abre un
espacio
Calma se evapora en un
segundo.
Cara y difícil de
encontrar,
es bien preciado solo
por aquellos que la saben usar.
Mi abuelo, por
ejemplo, saca provecho cuando camina
incansable,
de pared a pared.
Pensando a cada paso,
como si a cada pisada
se sumergiera en las
vibraciones eternas de los electrones,
y se acercara,
como
péndulo,
a comprender la esencia
del centro, corteza y núcleo.
Uno lo nota en su voz.
Cada palabra, cada
silaba
pronunciada con el
tiempo necesario para el entendimiento,
como si cada vocablo
fuera lección,
oportunidad para
sentir la infinidad que somos.
Los pasos al frente
me inoculan en el
vuelo,
en la danza alrededor
de la luz,
en la danza que soy
frente al sol que es nuestro árbol,
ramas de estrellas,
vínculo al origen,
y la palabra que se
prepara para pedirle al creador
una
caricia,
y sus raíces que
penetran en las arterias del pasado,
en
la muerte de la que venimos, a
donde vamos;
por lo que nos
preparamos a romper carne y hueso,
para gritarle a dios
nuestro silencio con lágrimas.
Todo lo demás es
tronco.
Estructura de nervio y
balance,
estructura que permite
a mi abuelo
caminar
de pared a pared
sumergir
el pensamiento en armonía.
Nada sabe más de
equilibrio en el universo, como los árboles viejos.
El sol es la prueba
diaria,
en consecuencia, hay
que transformarse en planeta para danzar la vida
con
las raíces sumergidas en el centro de las dimensiones.
He apostado por el
balance
disfruto el movimiento
oscilatorio, mientras
vuelo.


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