Hay mudanza, hay cartón
Durante este viaje a Nueva York conocí a Javier Molea, el organizador de las actividades de literatura en español de Mc. Nally Jackson. Meses atrás había leído una entrevista que le hicieran a la dueña de esta librería independiente, y me encantó tanto el concepto que prometí visitarla. Era tarde en la noche, los coquíes y los sapos cantaban desesperadamente, y yo no podía dormir. Pensaba en cómo simplificar la mudanza y el proceso de acoplarme nuevamente a Nueva York. Soñaba con presentar mis libros allí.
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¡Casi todo lo calma la lectura!
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Después de quedar hipnotizada por la instalación de libros que cuelgan del techo de la librería, fui al sotano en dirección a la sección de los libros escritos en español. Allí, Javier y yo hicimos un trueque. A cambio de un ejemplar de Sin cabeza, él me dio Temporales, una antología que reune textos de los estudiantes de la maestría en Escritura Creativa en Español (2009-20012) de NYU. Javier también dirige la editorial cartonera Aparecida Ibarrosa, y estuvo a cargo de esta publicación.
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Isabel Cadenas Cañon es una de las escritoras antologadas. Comparto aquí, su hermoso texto (i. - iv.) porque al leerlo me sobrecogió el deseo de abandonarme en el. Pienso que ustedes también querrán rendirse:
i.
Busqué mucho tiempo qué era lo que me atravesaba. Mi amigo Maximiliano Matayoshi creía que todo artista estaba perforado por una sola cosa y que toda su creación era una respuesta, un choque, un hundimiento en esa herida.
Al marcharme de Buenos Aires por cuarta vez, entendí que lo que me cruzaba era la que se iba. Era mi tercer cambio de país en tres años. Poseía la ciudad con la seguridad de que nunca sería totalmente mía: de manera sencilla y clara, sin exigir respuestas, como una tregua. En Buenos Aires había aprendido a ver la luz posarse sobre las cosas. Dejaba la ciudad en la que me había inventado para llegar a otra que no me esperaba. Nunca quise venir a Nueva York.
ii.
Clasifico las mudanzas en grados de dolor. Cuando empecé a viajar en avión, ya mayor, con dieciséis años, llevaba la cuenta de todos los vuelos que tomaba. Un día dejé de anotarlos; las mudanzas, no. Recuerdo cada una de ellas con nitidez. Me he mudado doce veces. Las primeras fueron de dureza física, de no aguantar la carga de una casa entera. Fueron en París, fueron de noche, fueron siempre sola; puedo verme perfectamente en una parada de Fabourg Saint Martin, esperando el último autobus, dándome cuenta de que los tres últimos traslados habían sido exactamente iguales, tratando de buscar un simbolismo oculto en mi desidia y en mi falta de planificación. Otras mudanzas han sido de mero cambio de lugar, yo transportando cajas como desde afuera, como asistiendo a mi propia vida, una especie de enajenación voluntaria para no calibrar la magnitud del cambio. También las he tenido que, en vez de pesar, aligeran. Cuando me mudé a vivir a Balvanera, entre las cosas que dejé en mi casa de Palermo había una vida de pareja rancia y una maleta con restos de una Isabel que espero alguien se encargara de tirar a la basura. Dicen que tres mudanzas equivalen a un incendio.
iii.
Luego me di cuenta de que mentía. Cada cambio de lugar, cada arista del ser lejos, si bien perfectamente dolorosos, perfectamente apremiantes, eran una máscara entre mí y la llaga que los funda. Me había construido en torno a un síntoma.
Mucho antes del irse, está la certeza de que todo lo que soy se aloja en la palma de mi mano y de que, con poco que la abra, con poco que sople el viento, me escurriré de mis propios dedos, inevitablemente, para siempre. Lo que atraviesa mi escritura es la imposibilidad de nombrarlo. Lo que me atraviesa es el miedo.
iv.
He hecho algo contra el miedo. He permanecido
sentado toda la noche, y he escrito.
Rilke
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Cada vez que leo este texto de Isabel, algo destella aquí. Entre los cartones, el miedo, la incertidumbre y las palabras que aclaran, vamos empacando y des-empacando...Así parece ser.

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Besotes desde el Rio Grande del Suroeste ;-)