Lo que parece oro se agrieta de cerca. Por eso ella parece perder el tiempo. Y se dicta oraciones a si misma, en voz baja. Así, con la boca frente a las hojas que alfombran la calle.
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Cuando era niña creía en el poder de las nubes. Coleccionaba rocas. Pintaba planetas en papeles grandes, y los pegaba en las paredes de su cuarto. Los coloreaba chillones, de todos los colores menos oro. Nunca le gustó el oro. Intuía que el brillo es una máscara fácil de quitar y poner.
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Hoy estuvo muy quieta, como estatua.
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Mientras una parte de su mente ataba palabras, la otra parte se trepaba por los momentos perdidos. Contar es como agarrar la mano divina. Parte de ti se anestesia con cuentos-no-escritos, mientras la otra se descontrola, se confunde, se arrepiente, alucina y llora.

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