SOÑANDO DESPIERTA
Anoche soñé que estaba en un estadio gigantesco, creo que era el Yankee Stadium. Estaba sentada frente a una líder revolucionaria, bastante mayor, que se puso una peluca justo antes de dar un discurso político. Ella no se movía, solo miraba fijamente hacia un punto invisible. Quizás pensaba que la estaban grabando y que el gentío necesitaba escucharla.
Detrás de mí, había una nena –bailadora de bomba – que me puyaba la espalda con sus deditos para que volteara la cabeza, y la mirara. Al principio me pareció chistoso, pensaba que era un juego. Pero cuando la nena se dio cuenta de que los pelos sintéticos de la revoluacionaria también captaban mi atención, comenzó a espetarme sus uñitas, hasta que dije “BASTA, voy a decirle al principal lo que estás haciendo”.
(¿Al principal? Eso sonó como: déjame en paz, o se lo digo a papi, jeh.” ¡Me acuerda a la Chilindrina!)
Entonces, me paré rápidamente de la silla y fui en busca de la autoridad. Es decir, el primer hombre que encontré: un guardia de seguridad. (Esta parte da asco...) Al principio, me incomodó mucho su indiferencia y el porte de torturador. Pero sentí la necesidad de asumir la calma porque quería imponerle orden a la nenita.
De pronto, él me interrumpió. Me restralló que estaba tratando de descifrar un ruido que provenía del sótano. Yo no le creí. De momento me lanzó al piso y me puso una máscara extraña para protegerme los oídos. Es muy difícil explicarles la magnitud del chillido. Era muy punzante y profundo.
El punto es que el estadio comenzó a tambalearse, y el techo se desmoronó sobre los gritos de la gente. Nunca cayó un pedazo de cemento sobre mi cuerpo, pero la posibilidad de ser golpeada de sopetón me hizo desear la muerte. Esa espera, ese no saber cuando caería el canto de cemento, fue horrible. Además, pensar que la nena y la doña también estaban a punto de morir - agarradas de sus sillas voladoras - me llenó de tristeza.
El punto es que el estadio comenzó a tambalearse, y el techo se desmoronó sobre los gritos de la gente. Nunca cayó un pedazo de cemento sobre mi cuerpo, pero la posibilidad de ser golpeada de sopetón me hizo desear la muerte. Esa espera, ese no saber cuando caería el canto de cemento, fue horrible. Además, pensar que la nena y la doña también estaban a punto de morir - agarradas de sus sillas voladoras - me llenó de tristeza.
Cuando pasó el temblor, volví a ver la gente que corría a mi alrededor. Volví a escuchar el sonido natural del día. Poco a poco, me levanté del piso cubierto de escombros, me quité la máscara y caminé hacia la única salida. Afuera, las filas de sobrevivientes eran larguísimas.
El patio que circundaba el estadio estaba intacto. Y yo no podía creer que hubiesen tantas flores amarillas regadas por los caminitos. Me pareció cursi ver flores, perfectamente abiertas al sol, después de tanto miedo. De todos modos, cogí una, y me fui. Eran tantas las ganas de estar lejos de allí que no pude esperar detrás de los demás.
Sueño, madrugada del 24 de marzo de 2008.
Comentarios
Frente a ti: La mayor, revolucionaria, self-conscious, usadora de peluca.
Detrás de ti: La chiquita, bailadora, exigiéndote con sus uñitas que la mires.
¿Serán las representantes de 2 extremos de tus mundos internos?