2 de junio de 2012

Memorias de México por Ismael Rodríguez Hernández

18 de marzo del 2012. 

México me tenía sorpresas. La primera fue conocer a Ana y a Lucía en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Ellas son de Medellín. Visité esta ciudad colombiana en el 2010. Ana, por su parte, había vacacionado en la Isla. A partir de allí, nos sentamos juntos en casi todas las giras, casi siempre caminábamos juntos y tuvimos temas de conversación hasta que nos despedimos frente a su hotel en el Centro Histórico. Al día siguiente, partirían en avión hacia Cancún. 

 La segunda sorpresa fue también conocer a la artista Sandra Ramos Trujillo en el Museo Frida Kahlo. Ella me guió hasta el Bazar de los Domingos de Coyoacán y, antes de despedirse, me explicó cómo llegar a la Iglesia San Juan Bautista. Además, me invitó a Expo Ethos 2ó12, en la calle Mazatlán No. 20 en La Condesa. Asistí a la Expo y, no sólo me encontré con las dos obras abstractas de Sandra, sino también con las de otros treintinueve artistas que como ella buscaban dar a conocer y vender su obra. Fue una noche inolvidable. La galería estaba repleta. Sandra nos hizo sentir como en casa. Nos acompañó a mirar cada obra, nos presentó a otros artistas y nos llevó al vino; luego tomamos cervezas y café en El Kafecito mientras hablábamos de todo, y hasta nos fuimos en el mismo taxi. Nos volvimos a encontrar en la realidad virtual de Facebook. Cuando regrese a México, iré a visitarla a su ciudad, San Luis Potosí, y ella será mi guía. 

 Coyoacán, que significa la ciudad de los coyotes, es especial porque allí se encuentra el Museo Frida Kahlo. La gran pintora vivió allí y allí todavía está su mundo: la cama y el estudio donde pintaba; los pinceles, los caballetes, la cama, los juguetes de la niñez, las colecciones de cerámica, de cristal y de barro, y su policromática cocina. Hay pinturas de Frida, conclusas e inconclusas; fotografías familiares, obras de Diego Rivera y otros artistas, y verdor en los jardines. Me llamó la atención cómo está pintado el museo: por fuera, de azul, y, por dentro, las paredes blancas, el piso amarillo y verdes los marcos de donde quizás hubo puertas alguna vez. Se siente como un espacio mágico y sagrado. 

 En Coyoacán, también me gustaron las Plazas Hidalgo, y del Centenario, con su fuente redonda de dos coyotes. Era admirable ver de noche estos espacios públicos ocupados por el pueblo. Voces, rostros y pasos vibrando a la vez. 

 Al día siguente, me correspondió visitar la zona arqueológica de Teotihuacán: el Palacio Tepantlita, las Pirámides del Sol y de la Luna, la Calzada de los Muertos y los basamentos. Conocí a Tláloc, el dios del agua, en los murales del Palacio, y un mundo idílico, un edén, donde abundan las flores, las mariposas, los manatiales, las serpientes y los arroyos. Subí por las pirámides; contemplé desde la altura el paisaje de piedra frente a mí, el valle y las montañas circundantes. Confieso que no llegué a la cima de la Pirámide de Sol, que es la más elevada. La agitación me obligó a detenerme tres veces; descansar y a, finalmente, descender. Estuve a tan solo unos escalones de llegar, pero mi corazón no resistía: latía fuertemente. El sol estaba candente. Me sentía deshidratado. David, Ana y Lucía llegaron a lo alto. Y yo que desde abajo le había dicho a Lucía que la Pirámide no parecía tan alta. "Ya veremos"-me contestó. 

 No dejamos esta zona sin antes probar el tequila, el mezcal y el pulque. Fue en un centro artesanal, después de entrar al Palacio y antes de llegar a las Pirámides. El tequila y el mezcal, no lo olvido, con lo primero: chupando limón salpicado de sal. Después,hacemos buches para que se mezclen todos los sabores y luego nos tragamos la bebida. El pulque, que como el tequila y el mezcal se extrae del agave, tiene un porciento bajo de alcohol y su sabor es muy suave. Si es o no es afrodisíaco, como dicen los mexicanos, habrá que comprobarlo con varios tragitos. Yo sólo me di uno. Cortito. 


Otro lugar que me impresionó fue Taxco. Desde Ciudad de México, nos tomó como dos horas y media llegar a este Pueblo Mágico. Allí también nos esperaba el tequila con limón salpicado de sal. Buena táctica para estimular la compra de plata. Plata, plata y más plata. Platerías por todas partes. Y, el que aprendiera a distInguir la plata del cobre y la alpaca, se tomaba el primer tequila, cortesía de la casa, como todos los demás. La estrategia funcionó porque decían Ana y Lucía que David y yo lo habíamos comprado todo. Exageraciones. Una cadenita nada más. Y la inicial de mi nombre. Ah, también un sombrero y un brazalete con mi nombre a los vendedores que nos atraparon a la salida. Nada, que a ellos también les benefició la táctica. Pero Ana también cayó en la trampa: llevaba un collar y unos aretes en forma de trébol preciosos. 

Después, a caminar por este poblado que parece un laberinto blanco, incrustado en la montaña, de calles largas y angostas, esquivando la avalancha de taxis Volswagen, blancos como Taxco. Vi los mosaicos en las calles empedradas; vi la plaza y el Templo barroco, churriguresco de Santa Prisca; vi los callejones, las escalinatas que parecían conducir a rincones misteriosos, las platerías y las artesanías multicolores. 

Al regreso, fue cayendo la noche y los valles fértiles se escondían; la Sierra Madre se ensombrecía y la Ciudad de México, al fin, me hizo imaginar iluminado el manto de rosas de Juan Diego. Cuernavaca, en Morelos, fue una parada corta antes del alcanzar Taxco. De allí, me cautivaron, como los dioses rojos Tláloc en el Palacio Tepantlita, los murales en el interior de la Catedral. Cuentan el viaje de frailes franciscanos a Manila, Filipinas, en el siglo XVI, y su crucifixión. 

Por la noche, llegamos a tiempo al Museo Nacional de Antropología para ver espectáculo del Ballet Flolklórico de México de Amalia Hernández. Todo lo que vi en él me erizó la piel y casi me provoca el llanto. Puro sentimiento en la música: las piezas La Mariquita, Las amarillas, El gusto, La charreada y los sones de los mariachis. Pura energía en las coreografías ejecutadas a veces por setentiséiis bailarines en escena: Los Matachines, La Revolución y Las Soldaderas; La Fiesta de Tlacotalpan y Los Mojigangas (que me recordaron a los cabezudos de las fiestas de calle de San Sebastián); los Juegos Infantiles, el del Amor y el de la Muerte; la Danza del Venado, La Culebra, El Tranchete, La Negra y el Jarabe Tapatío. Y el vestuario: brillante y colorido. 

Ya, por la noche, en el hotel, otra sorpresa: tembló la tierra. 

Mi encuentro con la pintura no podía faltar. Todo el que me conoce sabe de mi amor por este arte. Me moría por ver los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México; los de él, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco en el Palacio de Bellas Artes y todo lo que albergaba el Museo de Arte Contemporáneo. El Museo Rufino Tamayo, muy cerca del Contemporáneo, estaba cerrado por remodelación. Pero de él vi murales en el Palacio de Bellas Artes y cuadros el Museo de Arte Contemporáneo y el Museo Nacional de Arte de México. No me pudo ir mejor. En el de Arte Contemporáneo, tuve para mí solito a una guía. Se llama Ana y, durante cuarenta minutos, me mostró interactivamente lo más destacado. La obra que más me gustó fue Autorretrato (múltiple), de Juan O'Gormen. El pintor se multiplica en el mismo espacio anticipando cada autorretrato con la ilusión de la imaginación. 

Al Nacioanal de Arte, llegué a las cinco en punto y cerraban a las cinco y media. Me permitieron ver la Sala del Siglo XX, sin cobrarme la entrada, y tomar fotos sin flash (en algunos museos del D. F. cobran por tomar fotos sin flash). 

Encontré la historia mexicana en los murales y los cuadros de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo y José Clemente Orozco en los Palacios de Bellas Artes y Nacional de México. Todo estaba allí: las culturas prehispánicas, la armonía, el trueque, la Gran Tenochtitlán, la agricultura, Hernán Cortéz, la resistencia indígena, el mestizaje, la Inquisición, el poder de la Iglesia, Benito Juárez, La Ley de la Reforma y la separación de Iglesia y Estado, la Revolución, Zapata, la ambición y la corrupción, la rebelión, la vida y la muerte. Un banquete pictórico. 

El Museo Nacional de Antropología es punto y aparte. Lo visité dos veces. Pagué dos veces la entrada (cincuenticinco pesos mexicananos). Tuve que selecionar las salas que exploraría; de lo contrario, las visitas se hubieran multiplicadoy yo me hubiera desplomado sin aliento. Recuerdo que el taxista que nos condujo al Museo para ver el Ballet Flolklórico nos contó que sus futuros suegros lituanos habían visitado el museo cuatro veces. Resulta impresionante la herencia arqueológica y etnográfiica que ostenta este museo, que se pasea entre los mejores del mundo en su clase. Además de formarme una idea del modo de vida de las culturas prehispánicas, aprendí sobre la importancia y la grandeza de ellas: sus diversiones como el juego de pelota, la fabricación de todo y en múltiples materias, los ritos sociales y religiosos, la organización política y económica, los medios de subsistencia y la concepción de la vida y la muerte. 

Me interesé por la celebración del Día de los Muertos. Vi un excelente documental donde mostraban los ritos que se celebran los días primero y segundo de noviembre en honor a los difuntos. El primero se dedica a los niños y el segundo, a los adultos. Se suele orar en templos, encender veladoras y ofrecer en los altares las cosas que más les gustaban a los muertos. En México, aprendí a ver la muerte de otra manera. La muerte en México te suele sonreir y se suele burlar de uno. Esqueletos y calaveras sonrientes y burlones que te recuerdan, por todas partes, el inevitable encuentro con ella. 

 Me voy con San Angel para San Angel. 

 Para llegar ahí, David y yo nos subimos en el Metrobús, con carril exclusivo por el centro de la Avenida Insurgentes y a un costo de sólo cinco pesos mexicanos por viaje. Ibamos en busca del famoso Bazar del Sábado. En media hora, nos bajamos en la estación Dr. Gálvez. Pero San Angel no se veía. Sabía que tenía calles empedradas y arquitectura colonial porque, el día anterior, habíamos pasado por allí con el guía rumbo a Ciudad Universaitaria. Empecé a preguntar al primero que me encontraba, pero las explicaciones no nos conducían a ninguna parte. Dimos vueltas y vueltas por espacio de una hora hasta que un señor, amablemente, nos explicó que San Angel estaba detrás de una estructura conocida como el Mercado de las Flores. Habíamos pasado frente a la estructura sin ver a San Angel. 

Por fin dimos con el Bazar y también descubrimos la Plaza de San Jacinto, donde los pintores y los artesanos vendían sus obras de todos los estilos y de todos los tamaños; la Iglesia de San Jacinto y su hermoso patio interior pintado de rojo y blanco; el Centro Cultural y Biblioteca Isidro Fabelas, con su casa Museo del Risco, habitado por mobiliario y pinturas religiosas antiquísimos, y las calles coloniales. Me asombraron, como en Taxco, la arquitectura, tan colonialmente consevada, y los jardines de la Igleisa, tan amorosamente verdes; la organización del Bazar: dentro de otra estructura colonial, con patio interior, se llevaba a cabo el Bazar propiamente; afuera, muy cerca, se erigía un tianguis con carpas, y, en las aceras, las artesanas vendían y ofrecían su colorida mercancía; y la multitud, la gente que iba y venía parsimoniosamente, como en un ritual. 


 La última sorpresa fue apoteósica. Era sábado por la tarde. David y yo caminábamos por Reforma, hacia un centro artesanal cuando, de repente, Tláloc, el dios del agua, se manifestó con todo: lluvia copiosa, relámpagos, truenos y granizo. Sí. Granizo. Este jibarito de Toa Baja vio por primera vez granizo en México. Todo nos sorprendió sin que pudiéramos evitar que se mojara la ropa, el vapor saliendo por la boca y el frío calando los huesos. 


Gracias un millón a Ismael Rodríguez por darme permiso para publicar sus memorias sobre este súper viaje y por compartir las fotos del álbum que le hice hace varios meses. 


Yarisa!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yari, me siento priveliado por la publicación de la crónica y las imágenes en el álbum Esmeralda. La presentación está exquisita. Que la vida te siga bendiciendo con tanto talento y creatividad. Ismael.