Llueve. El café se enfría. La doña, a mi lado, se sopla la nariz con la servilleta que usa de babero. Ella y su hamburger deluxe. Yari y sus papas fritas. Los antojos fáciles de satisfacer...
Afuera llueve con urgencia. La brea y las vias del tren, los ladrillos y la gente que espera en la parada de guagua se visten de otros colores, unos más interesante. Todo lo recién mojado se ve mucho más interesante.
Escribo para escuchar el tintineo de mis pulseras de cobre. Alguna vez alguien me dijo que el cobre puede curarnos. Yo no sé si es cierto eso, pero me encanta que mi mano se mueva sobre el papel, y las haga sonar.
¿Lloverá hasta transformar nuestros colores?
Ya me estoy cansando de observar lo que hace la doña, la única persona cerca. Aun nos llegas. Trato de imaginarme que no desperté junto a tí esta mañana. Que hace años no te veo, y que en pocos minutos nos re-encontraremos en este dinner vacío, tan azul, tan azul, tan plástico y cómodo.
Ya me estoy cansando de observar lo que hace la doña, la única persona cerca. Aun nos llegas. Trato de imaginarme que no desperté junto a tí esta mañana. Que hace años no te veo, y que en pocos minutos nos re-encontraremos en este dinner vacío, tan azul, tan azul, tan plástico y cómodo.
Qué lentitud. Cualquiera diría que esta ciudad no cuenta los segundos que le quedan para empujarnos de un lado al otro.


